Tenía los ojos color miel.
Y en su interior, toda la vía láctea.
Fijó su mirada rasgada en aquella cerveza tostada,
y yo, mientras, ensimismada,
cegada de tanta luz.
Cuántas batallas había detrás de aquellos ojos,
cuántas derrotas y vencidas entre esas pestañas.
Parpadeó, y fijó todo su campo visual en mí.
Temblé, cebada de tanta endorfina.
Suspiró, y sus pupilas observando(me),
bloqueándome en grado III mi nodo auriculoventricular.
Tenía miedo, miedo irracional a quererle.
Pero cuando abrí los ojos,
Cupido me dió directo
y me clavó sus ojos color miel en lo más profundo de mi aurícula.
Quería aliarme a él,
a él y a su mirada.
Quería aliarme,
sin darme cuenta que la guerra había acabado.
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